Hoy vengo a exigir la consciencia perdida

Carta abierta a mi misma y a todos esos días en los que he vivido sin vivir. Esos días en que una autómata se ha apoderado de mí, en que mis sentimientos han sido hierro.

Ya vale de vivir como si nada. La nada más absoluta, como el libro de Carmen Laforet. Vivir como si nada importara, vivir anestesiada de rutina. ¿Por qué lo sigo llamando vivir cuando se reduce a respirar? Estar de órganos presente y, muchas veces, ni eso (saludos desde aquí a mi estómago que hace la digestión cuando le da la gana).

Me sorprendo a mi misma siendo otra persona. Siguiendo pasos, haciendo cosas sin preguntarme por qué lo hago o si me apetece hacerlo. Estoy obsesionada buscando el sentido de las cosas. No el sentido de la banca ni las inversiones, el sentido de un ‘yo’ habitando en el mundo que también es el sentido de un ‘nosotros’ colectivo.

Muchas veces sopeso las prioridades en mi vida y miro si realmente estoy siendo coherente. Si mis acciones siguen a mis pensamientos. Si mis manos aman lo que ama mi mente, si mi boca dice lo que mi cuerpo ha estado gritando tanto y tanto tiempo.

Ahí esta la brecha. Llámalo brecha o llámalo miedo. Oportunidad, reto.

Si es que… si empiezo no acabo. Si empiezo a tirar del hilo de Ariadna no sé si me será tan fácil como ella encontrar la salida del laberinto. Aunque… ahí debe estar la cosa. A no todo el mundo le apetece empezar a tirar de un hilo que no sabes dónde te va a llevar, que empieza por pasadizos más oscuros que la hostia, con espejos con los que no te identificas y monstruos susurrándote barbaridades.

Pero creo que me he desviado. Yo he venido aquí a hablar de mi libro.

No. Tampoco, porque no tengo ninguno.

Yo he venido aquí a exigirme, a gritarme, a darme un golpecito en el hombro o en su defecto – si se requiere- un buen manotazo en la mejilla, para despertar un poco más. Para ver de verdad y vivir los días. No creo que encuentre la salida del laberinto aún, pero puedo vivir con más consciencia. Dejando atrás la sensación de ‘te hacen la vida otros’.

En efecto. Sí. Te hacen la vida otros pero solo si yo lo permito.

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Los domingos son para re-pensar.

A veces -muchas- echo de menos la Marta que escribía y escribía. Cada día dos o tres poemas. Las imágenes mentales se traducían en palabras.

Ahora no escribo. Sólo algunos pensamientos a modo de puzzle. No me nacen esos poemas al amor, al dolor, al desgarro, ¡copón!

¿Qué habrá cambiado – a parte de absolutamente todo-?

Me he zambullido en los poemas que escribí hace dos y tres años. Por unos momentos he vuelto a ser esa Marta. A veces perdida, otras llena de voluntad y dirección.

El tiempo pasa como un jodido viaje en las ferias. Dos segundos. No me ha dado tiempo ni a pestañear y ya han pasado tres años desde que la cagué -un poco, mucho, del todo- Desde que sentí, lloré y hasta me sequé.

 

 

 

Mirar no es ver

No sé si lloro por mi o por mi madre.

Por el pasado de mi familia, que llevo a cuestas o por la losa de la autocrítica.

Tal vez lloro por esa árida tierra africana, que no tiene ni una brizna de humedad.

Lloro por la niña que fui y que he abandonado. Lloro porque he abierto los ojos.

Mirar no es ver.