No sé comer sin ensuciarme.

No sé cómo separar la ropa para la lavadora.

Me sigo petando los granos, aún sabiendo que mi cara parecerá un mapa.

Sigo dejándome la puerta del congelador abierta.

No encuentro el punto medio cuando empiezo a cañas.

No sé mantener el orden de mi habitación 30 minutos seguidos.

No supe hacerlo.

Las batallas

Las verdaderas batallas del querer no se libran en los mierda poemas.

Voy a desengañarme de una vez, la cruda batalla no se libra en algunos versos como pétalo de flor. No.

La batalla la libras tu sola en tu puta casa. Entre tus cuatro paredes en alquiler y con tus sábanas, qué mejor kleenex que ese.

Que la lírica es genial y los ingeniosos versos amontonados en las librerías también. Pero, joder, el dolor está en el aire. Ni amor ni hostias. El puto dolor es lo que respiramos, dentro y fuera, dentro y fuera.

Cuatro paredes sin ventilación alguna, un cuerpo, unos órganos, y un océano en construcción. Aquí no hay cambio climático, que venga Greenpeace a por agua salada si quiere.

Ninguno de los versos que pueda escribir va a enmendar nada. Ninguna puta palabra bien puesta va a ser es tirita de dibujitos que te dibujé en tu fanzine. Nada de eso va a hacer de Dalsy para tu corazón, que me da puto miedo saber cómo está. Tal vez por qué sé el cómo y me mato cada día por eso.

Una nube gris cargada de hachas está sobre mi cabeza, amenazando con rajar a la mínima que me pierdo entre nuestro final, que aún no entiendo muy bien.

Que les den a los versos de amor. A las palabras mágicas recitadas en los bares. A las birras de la primera cita y al terrorista suicida que tenemos dentro de nosotros.