Morder

No muerde la noche. Ni tampoco los lunes.

Muerde el hielo en la piel. Muerde la soledad de la cama vacía y el alma desmigajada.

Muerde la vida cual hiena hambrienta.

Y muerdes tú. A mi.

Me muerdes las ganas, las penas, muerdes cada parte de mi subconsciente, lo haces tuyo y me lo devuelves hecho un ovillo. Enredas los miedos con las alegrías y me preguntas que si duele.

Me muerdes la boca con esa mezcla de crueldad y morbo de una flor pisada. Muerdes mis entrañas hasta que gritan tu nombre desde algún recóndito lugar.

Muerdes con tu mente afilada. Con tu poesía de calle, de pueblo, de acera desgastada. Y me encanta. Me dejo morder, extasiada con el dulce placer de la caída.

Ya no

No me apetece decir que la vida se me hace bola, porque no es así.

Que se agolpan los hechos en mis pestañas, porque tampoco.

Ni andarme con rodeos para decir que amar un pasado que no va a volver me produce un sufrimiento horrible.

Han pasado muchas Martas hasta llegar a la Marta que está ahora escribiendo. Ha llovido mucho, pero también ha florecido un montón en lugares que ni conocía de mi.

He dado pasos en falso, he hecho la croqueta con mi pasado para darme cuenta que el camino no se elige. No hay bifurcación, el camino soy yo.

Me cuesta aceptar que todo está en constante cambio, en movimiento imparable. Se me escurren las flores rosas entre los dedos y los amaneceres me hacen cosquillas en los pies.

Pero no hay más verdad que esa. O que mirar el océano de tus ojos para volver a encontrar el norte perdido. Nunca he sido muy de brújulas, ni de equilibrios.

Escribo

Escribo. A veces mucho, otras muy poco.

Escribo para saltar la valla de los miedos. Porque muchas veces mis piernas dicen basta y ni se mueven.

Escribo por que no se me da bien hablar. Para que el ruido se calle y las luces se prendan.

Escribo porque es mi forma de acariciarte, besarte y recorrerte. Las palabras toman mis dedos y un ritmo invade mi cuerpo de dentro hacia fuera. Y así todo el rato.

Escribo en homenaje a la oscuridad dentro de mi. Porque también merece ser escuchado.

Escribo para dar voz a mis monstruos, poder reconocerlos como míos y abrazarlos.

Escribo porque sí, porque si he de beber te bebo y si he de abrazar te abrazo como si no hubiera un mañana pero si se trata de escribir… si escribo quedo conmigo misma en el patio del colegio y me miro a los ojos. Es el momento en que soy más sincera conmigo.

Escribo y me leo en poemas ajenos. Me leo y me releo en poemas salidos de otras bocas, de otros estómagos, de otras heridas que muchas veces siento como mías. Por eso escribo.

Escribo cuando la vida parece que se me hace bola, cual trozo de pizza a la mañana siguiente. Cuando no sé como tragar lo que me pasa, escribo.

O cuando sé perfectamente los engranajes del todo, escribo para deleitarme de tal espectáculo.

Escribo sobre la naturaleza, pues sí, tengo la esperanza de que algún día algún verso tenga al menos una pizca de su perfección.

Escribo porque no comprendo a mi padre y a veces ni a mi madre. Y lo que es peor, la mayoría de veces no me comprendo a mi y le pregunto a la Marta del espejo que qué tal. Qué cómo he llegado hasta aquí, que si me gusta el camino andado. Que ya basta de releer y reescribir el pasado sin sentido. Y solo por eso ya vale la pena.

Escribo porque me siento bien cuando lo hago. Por que estoy estoy harta de exigirme hacer las cosas perfectas. Perfectas, sí, pero a vista de quién? Del jefe? Del vecino? De las masas? Escribir es mi casa, mi refugio, mi manta y mi aliento.

Escribo para reafirmarme de que la hoja en blanco es el mejor lugar para empezar, el campo fértil donde todo es posible, poco a poco. Letra a letra. El lugar donde cabe el todo y la nada más absoluta.

Escribo porque a veces me apetece celebrar la vida y soy tímida. Abrazaría mucho más cuando estoy pletórica, pero no lo hago. Así que escribo. Para dar las gracias escribo. Para llorarme por dentro escribo. Escribo para desgarrar cada parte de mi cuando así lo siento.

Escribo para narrar las bonitas zancadillas del destino, que me pone a gente delante por los que merece la pena seguir escribiendo, aunque sean unos versos con sabor a birra y nostalgia por lo efímero que es todo.

Escribo porque la gente viene y va pero yo me quedo aquí, observando el teatro. Escribo porque así me creo que puedo hacer eternas a algunas personas.

Escribo cuando la lucidez pasa por mi casa y me lleno de borrones cuando no hay más que negro en el telón. Pero escribo. Dramática, cursi, dura, sentimental, alegre. Escribo para dar vida y voz a todas esas versiones de mi que me hacen ser un poco más yo cada día.

 

Semilla en la tierra

Los abrazos que no diste florecen en algún lugar de Japón. O en la tierra fértil de algun alma que rozó la tuya.

Los besos que robaste al viento se han esfumado. Como el humo de tus ganas. Por qué has vuelto a fumar?

Los pasos no dados se amontonan en tu costado como hileras de ropa sin lavar y promesas sin cumplir.

Y las lágrimas… Las lágrimas que no se gestaron siguen en ti. En la poza que está entre tu corazón y tu vientre. Cerca de donde nace la pasión por la vida y la fé en el ser humano, la que escondías cuando te conocí. Me alegra saber que está en tí, bombeando esperanza a cada respiro.

A pleno pulmón esnifas la vida como si de una droga se tratase. Te inyectas amaneceres y transpiras el verde de las montañas.

Qué placer haber formado parte de este espectáculo de la naturaleza.