Perdón

Pe. Pe. Per. Perdón. ¿Lo he hecho bien?
Querría que estas palabras cayeran rozando tus mejillas, haciéndoles adquirir ese rubor tan tuyo de media noche.
Seguro que alguna letra o algún acento se resvala. Mentón abajo, como si de un río salvaje y caudaloso se tratara.

Letra por letra, recogeré lo que haya caído y lo volveré a posar en los turones que algún día acunaron lágrimas. Ahora sólo son mecidos por mis dedos alguna noche despistada.

¿Y si te lo escribo en un papel y ya está? No dudo de la practicidad de dicho acto. Pero sí de lo efímero de mis palabras cuando la tinta roce ese pedacito de árbol procesado.

Pe… Entre tanta duda ya he perdido el discurso. Perdón. Nunca a nadie se le ha dado bien pronunciar estas palabras sin un abrazo de los ojos del que las recibe.

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Dicen

Mira, amor. Dicen que jugar con los sentimientos no es lo correcto.
No puedo cogerlos, darles un apretón, retorcerlos, tirarlos al vacio, meterlos con el montón de silencio que hay bajo mi cama…

Y qué. ¿Y si no sé qué hacer? Dice un poema que los jóvenes de hoy en día nos hemos tirado a la calle. Nihilistas en busca de más y más. Ritmo frenético y carentes de valores.

Lo cierto es que no sabemos hacer otra cosa más que repetir este círculo vicioso que nos lleva a penetrar la noche. Viernes. Sábado. Lunes. Niebla en las venas y speed en el corazón.

Y entre este enjambre de estímulos. No me pidas que no juege con tus sentimientos. No me lo pidas. Somos pura contradicción por naturaleza; somos día y noche, somos lágrima de felicidad y sonrisa de llanto.

¿Renuncio y me vuelvo a fundir en la comodidad del edredón? ¿Es eso?

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O sí…

No, nada de lo que escribo tiene sentido ni segundas intenciones. Terceras tampoco.
No, nada de lo que nos rodea es real. Fruto de vuestra caprichosa imaginación.
No, no busquéis más ese jersey de rayas. Que lo habéis perdido, ¡joder! Dejad de jugar con el agujero negro que hay debajo de vuestra cama.
No, ese sueño marchito no florecerá jamás. Como tampoco lo hará tu sonrisa. Ni la risa de los diciembres por la tarde. Sacando de todo por la boca menos amor.
No, por favor. No. Cesad de buscar de una maldita vez el complemento perfecto para vuestro ego ansioso. La cosa es que… perdonad, eh, pero no existe allá en el escaparate, ni en la cama de algún desconocido. Existe dentro; entre tanta vena, músculo y palpitación irregular.

De què va tot això?

M’expliques com funciona? Vull dir, lo de respirar, menjar, dormir ho he après amb facilitat. Igual que lo d’oblidar i fer que la vida vagi passant sense sentit, ja saps, lo de ser una màquina autòmata sense incentius ni somnis en aquesta vida.

Però aquest estira-i-arronsa que porto fent des de fa 5 mesos no el paeixo. Se m’atravessa. Com l’espina dorsal, que ens manté ferms i de peu. Però en el sentit dolorós. M’atravessa el cor de totes les formes possibles (totes cruentes).

Car Ícias

Tus palabras son una arma de doble filo. Una muy poderosa e inigualable en calibre.

A veces, caen en mi cuerpo como en saco roto.
Otras, son como agujas oxidadas y afiladas estacadas en cada centrimeto de corazón.
Y luego, hay esos días en los que tus palabras son como una maldita caricia en mi espalda. Me recorren la espina dorsal entera y… ¿Dónde van a parar?

Nunca consigo saberlo…

El teló negre

És bonic l’anonimat de la ciutat. Com també ho és sentir-se ple.

Què sé jo. Sentir-se màgic, amor, preciós. I llavors dibuixes cors, clar.

Possiblement per que el teu necessita ajuda. O encara està ferit pel record de la promesa d’aquell petó que mai et va tocar els llavis.

La capa negra al cel.

El fret als peus cala fonsa través d’aquest empedrat que em sosté.

Aquí és on comença tot. Amb aquests adoquins congelats. Congelats com el teu cor quan vàres nèixer.

Xxx

Inmóvil.
Mi cabeza iba a dos mil por hora pero mi cuerpo no obedecía orden alguna.
Me estaba llevando. Ella me llevaba.

– Hace tiempo que quería…
Pronuncia estas palabras, con sus labios carnosos dignos de ser besados de por vida. No deja de mirarme con esos ojos esmeralda. Largas pestañas… mirada feroz.

– Verás…
Continúa mientras me sienta en la cama y con sus delicados movimientos me desabrocha la camisa. Quiero comerla. Toda. Pero su desgarradora presencia me deja fuera de juego. Se mueve por la estancia como un tigre; pasos seductores, exótico e imparable animal que ya ha decidido cuál será su presa.

Posa sus brazos en mi cuello. Toma mi cara entre sus manos. Nuestras bocas se acercan hasta que…  su lengua recorre mis labios y toda mi boca. Conquista mi territorio y me desarmo. No pongo resistencia.
Su mano derecha se desliza hacia mi pecho. Pasa de largo. Se para.
Acaricia suave a la vez que decidida mi inminente erección.