Quemando los días de agosto

El pasado me revolotea en las narices. Dejo caer los párpados y empieza la función. Sigo buscándole el sentido y solo encuentro un callejón sin salida. Sucio y abarrotado de dolor. Salgo del super con las bolsas llenas de esperanza y de futuro. Alzo la vista al cielo y una nube me saluda. No, no he fumado. Si fumo me ahogo, como tus ataques de besos que me dejan sin aliento.

No quiero hacer un canto al desencanto, sólo dejarme llevar por esta marea de melancolía que sube y baja, baja y sube, ajena a las leyes de la naturaleza. Sin raciocinio ninguno, para qué? El tiempo se agolpa igual que las cajas de cartón en mi casa. O como cuando empiezan las rebajas en el Corte I y el gentío se avalancha en busca de cualquier sucedáneo de felicidad artificial.

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huellas

Plantaste en mi una semilla. El amor loco por la naturaleza y por cada pedazo de vida que inunda este mundo.

El mirar la vida de unos ojos profundos, indescifrables y a la vez los más sensibles que he conocido.

Dejaste un legado con el roce de tus dedos, amor. Con la ilusión de tus manos y la sonrisa de niño navegando las montañas.

Quien escribe es un pedazo de ti que está en mi. Hay una habitacion en mi corazón reservada para tus abrazos y nuestras aventuritas.

Hay un alma tendiéndote la mano, esperando que algún día, coja la tuya.

Adiós. Hasta otra vez o nunca (Ángel González)

Adiós. Hasta otra vez o nunca.

Quién sabe qué será, y en qué lugar de niebla.

Si habremos de tocarnos para reconocernos.

Si sabremos besamos por falta de tristeza.

Todo lo llevas con tu cuerpo.

Todo lo llevas.

Me dejas naufragando en esta nada inmensa.

Cómo desaparece el monte

-me dejas…-,

se hunde el río

-…en esta…-,

se desintegra la ciudad.

Despiertas.

Ángel González (De A Todo Amor, 1956)

Micro-cuento

Ambos estaban rotos. Lucían su  mejor sonrisa y se reían de la menor tontería. Pero no podían engañarse a sí mismos, el engranaje de sus corazones estaba oxidado, amordazado y dolorido.

Si bien se amaban por la noche, al despuntar el alba acababan mirando al techo con los ojos perdidos y el alma en pena.

Hablaban de su pasado y se sentían identificados. Esas charlas bajo el faro eran como ungüento para su maltrecho corazón. Ella no se sentía llena. Sólo la comprensión la hacía sentir menos sola en el mundo. Arropada entre palabras, ideas y miradas sin prejuicios ni ataques.

A pesar de eso, no olvidaba. Sabía que nunca iba a hacerlo. Es imposible borrar del corazón todo aquello que una vez te invadió la piel. Y menuda invasión. Ni las tropas de Napoleón podían comprarse con la danza de los dedos de Samuel en su piel. Ni esos besos caídos del puto paraíso. O mejor dicho, nacidos del universo indescriptible que habían creado.

Pero ya no estaba allí. Ya  no sentía esos labios ni se estremecía cada rincón de su cuerpo con sus besos. Se habían acabado y no hacía más que evocarlos, como buena experta en la práctica de la autodestrucción.