retrobada

Ens hem llençat carretera avall. Sense frens, avís previ, ni chaleco lluminós.

Hem xocat contra les nostres veritats que feien pampallugues com intermitents exclamant alguna cosa.

Hem arrivat al cap de carrer sense esfaltar i ens hem cregut volàtils mentres la nostra carn agonitzava cremant-se a l’asfalt.

i ens hem deixat morir.

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Micro-cuento

Ambos estaban rotos. Lucían su  mejor sonrisa y se reían de la menor tontería. Pero no podían engañarse a sí mismos, el engranaje de sus corazones estaba oxidado, amordazado y dolorido.

Si bien se amaban por la noche, al despuntar el alba acababan mirando al techo con los ojos perdidos y el alma en pena.

Hablaban de su pasado y se sentían identificados. Esas charlas bajo el faro eran como ungüento para su maltrecho corazón. Ella no se sentía llena. Sólo la comprensión la hacía sentir menos sola en el mundo. Arropada entre palabras, ideas y miradas sin prejuicios ni ataques.

A pesar de eso, no olvidaba. Sabía que nunca iba a hacerlo. Es imposible borrar del corazón todo aquello que una vez te invadió la piel. Y menuda invasión. Ni las tropas de Napoleón podían comprarse con la danza de los dedos de Samuel en su piel. Ni esos besos caídos del puto paraíso. O mejor dicho, nacidos del universo indescriptible que habían creado.

Pero ya no estaba allí. Ya  no sentía esos labios ni se estremecía cada rincón de su cuerpo con sus besos. Se habían acabado y no hacía más que evocarlos, como buena experta en la práctica de la autodestrucción.

Qué decir

y qué decir. Que parezco una ola, que viene y va.

Lo unico constante es el movimiento. Que te abrazo y me voy.

Acaricio y mojo tu arena, para después sumirme en mis profundidades. Negras.

Que un cosquilleo me sube de los pies al corazón. Corazón coraza. A veces agua, a veces hielo.

Tus bloques de arena como picos escarbando mi pecho. 

Mi espuma te abriga por las noches. Pero no calma tu mirada. 

Ojalá mis notas fueran la melodia para acunar tus almendrados ojos  y mi voz la brisa que roce tu mejilla.